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martes, 15 de mayo de 2012

De Tibet a Nepal

La jornada empezó muy temprano en el Campamento Base del Everest y culminó, ya de noche, en la capital de un nuevo país para mí, en Katmandú, Nepal. Así fue cómo ocurrió.
Dejando atrás el Everest, mi compañera checa, el guía y el chofer tibetanos y yo, emprendimos un frenético viaje para llegar a la frontera con Nepal antes de que cerrará a las 15 horas. No había tiempo que perder. En el trayecto observamos a los niños tibetanos acudir en grupo al colegio chino, cubiertos del polvo del camino, pero felices. Desayunamos en Old Tingri, con unas inmejorables vistas al Everest y las cumbres de sus hermanos pequeños. A continuación, sin previo aviso, el jeep se desvió campo a través por un atajo. Y así, entre bote y bote, fuimos despidiéndonos del Himalaya. Conforme descendíamos en altura, el paisaje se iba transformando, dando paso a una cordillera frondosa y a una serpeante carretera, muy perjudicada pero asfaltada, con pequeñas cascadas de agua brotando de las montañas (reminiscencias de la recién acabada temporada de lluvias). Ver tanto verde después del árido paisaje tibetano fue un regalo para los ojos.


Últimas montañas del Tibet

Último tramo de la carretera a la frontera nepalí
El último de los pueblos del Tibet (Zhangmu), y por ende de China, recuerda un poco a un típico pueblo de montaña europeo, con empinadas calles y flores en los balcones. Cambiados los últimos yuanes a moneda nepalí, el guía nos acompañó en el paso fronterizo. Los guardias chinos nos miraban desconfiados (sobre todo a nuestro guía, claro está), y nos pidieron los papeles en más de una ocasión, incluso ya pasada la pertinente inspección. Registraron el equipaje en busca de libros prohibidos, que no encontraron (a un amigo de otro grupo sí le confiscaron la guía Lonely Planet del Tibet). Cruzamos un puente a pie, lleno de soldados de ambos lados, gentes cargadas esperando y diversos puestos ambulantes (yo tenía miedo de pararme por si me hacían volver) y...¡Namaste!¡estábamos en Nepal! Eran poco más de las 13 horas, ¡misión cumplida!.
En la frontera nepalí, todo facilidades y sonrisas. Por favor, pague usted el visado en dólares, eso de los euros no nos gusta nada porque nuestra cuenta es en dólares (¿?) y le le vamos a cobrar más (que es lo que me pasó). Al salir de allí, empezaba lo difícil, había que buscar un medio de transporte para llegar a la capital. Nos empezaron a acosar diferentes individuos ofreciéndose para llevarnos en sus vehículos. Primera confrontación con la cultura nepalí. Todos chapurrean inglés, son muy negociantes y, a diferencia de los chinos, acostumbrados a tratar con los turistas. También son muy distintos entre sí. La mezcla de razas es increíble. Los hay que recuerdan a los tibetanos, otros a los indios y hasta a los chinos. Nos pedían una fortuna por llevarnos a Katmandú. ¿Por qué? Era la festividad de Dasain y en ella todo buen hindú debe volver a casa para recibir la tika o bendición del paterfamilias. El autobús público dejaba a las afueras y con la festividad iba a ser complicado llegar desde allí al centro. Mi amiga checa se abstenía de opinar, al haberle fallado el cajero, estaba a expensas de mí y mi dinero, pero sí me apremió con un "si no nos damos prisa, tendremos que ir en el techo del autobús", que yo entendí como una exageración, pero que más tarde comprobé se ajustaba a la realidad. Cansada del viaje y con tantos inputs nuevos, era difícil pensar con claridad. Finalmente, acepté ir con el primero de los transportes disponibles, un señor y su furgoneta - camioncito. Mi amiga checa, el conductor, mi trolley y yo embutidos en la parte delantera, en la trasera, un tibetano huído para darle más emoción (según me explicó con su medio chino), y tres mujeres nepalíes. La maleta grande, junto con otros bártulos, atada en lo alto. Empezó el viaje, seguramente el más arriesgado de mi vida, aunque por entonces yo sólo lo sospechaba. 

Atasco camino de Katmandu

Viniendo de China, Nepal me pareció una vuelta atrás en el tiempo (aún más). La carretera (sería más exacto decir el camino), en ocasiones, desaparecía. Acababa de terminar el monzón y aún no había sido reparada. Un grupo de españoles que había conocido en el Everest provenientes de Nepal me había explicado que su autobús había tenido que interrumpido el viaje y habían recorrido los últimos kilómetros a pie. Con mis dos maletas, yo no iba a poder, tendría que liberarme de una. Intentaba no pensar en eso y disfrutar del paisaje entre los saltos y brincos. Avanzábamos y eso era mucho. Pequeñas fuentes naturales brotaban de los bordes del camino y formaban grandes charcos. Los nepalíes las aprovechaban para asearse. Todo tipo de animales domésticos y alguna vaca despistada cruzaban las calles a su antojo. Un divertido caos de gentes y colores, algunas con traje tradicional, a pie o en algún transporte imposible como el techo de los autobuses. Como decorado un hermoso paisaje de verdes montañas con una garganta con un río al fondo.




Atravesamos varios puestos militares que nuestro chófer sorteaba con una amplia sonrisa y unos papeles. Hubo momentos de tensión, como cuando por el estrecho paso con precipio teníaimos que esquivar a un coche que venía de frente (el video recoge alguno parecido) . En esos momentos me tranquilizaba pensar que no había motivos para suponer que nuestro conductor tuviera instintos suicidas. Tras un enorme atasco en que se puso el sol y aprovechamos para intentar comunicarnos con el resto de pasajeros, por fin, llegábamos a Thamel, el barrio más céntrico y turístico de Katmandú. 
Mi primer paso fronterizo a pie no había estado exento de emociones. La aventura nepalí no había hecho más que empezar.

¿Has atravesado algún paso fronterizo similar? ¿Cómo fue?


miércoles, 2 de mayo de 2012

Durmiendo en la cima del mundo, el Everest

No soy muy montañera ni he ido mucho de acampada, más bien, soy urbanita. Sin embargo, me disponía a pasar la noche en el Everest. Más concretamente, en el campamento base del lado tibetano, a 5.250 metros de altitud. Era una perspectiva emocionante pero no exenta de preocupaciones, ¿superaría con éxito la prueba o sucumbiría al mal de altura?

Campo base del Everest en el Tibet

Dos hileras de tiendas de campaña enfrentadas, un cartel en chino, tibetano e inglés indicando dónde estamos, algunos puestos de artesanos vendiendo bisutería, unas letrinas y una oficina de correos (la más elevada del mundo), todo ello coronado por el pico del Everest al fondo. Así es el campo base dónde iba a pasar la noche. Hacía un día precioso, brillaba el sol y el Everest se veía deslumbrante presidiendo el paisaje. Aún se podía llegar más cerca de la gran montaña (sin ser alpinista, se entiende). Hay un camino de una hora andando hasta el otro campamento base, el militar, desde allí casi se toca la cumbre. Mi compañera checa emprendió la marcha a pie acompañada por el guía. Yo no fuí tan valiente. El mal de altura, no me había afectado, pero sí notaba que estaba más cansada de lo normal y dos horas de trekking no iban a ayudar demasiado. Preferí no arriesgar y coger el autobusito (supuestamente ecológico) que llevaba hasta allí. Me encontré con un puesto militar chino y una  pequeña colina a modo de mirador. La subí poco a poco, parándome a mitad a coger aire (era una elevación insignificante pero la altitud magnifica el esfuerzo). Y allí estaba, frente a frente al Everest, cara a cara, casi parece que se esté a la par con él cuando, en realidad, aún hay varios miles de metros de diferencia. Lo inalcanzable parece alcanzable.

Segundo campo base del Everest en el Tibet
El Everest desde el segundo campo base

Cumplido el ritual de adoración a Chomolungma, por delante quedaban largas horas hasta la puesta de sol. Fueron llegando otros viajeros, amigos ya, que habían ido coincidiendo en las distintas paradas del recorrido tibetano. Tristemente resultó que la mayoría tuvo que abandonar el campamento porque alguno de los miembros de su expedición estaba repentinamente enfermo (no habían sabido guardar las energías o simplemente les había tocado la china del mal de altura).  Se perdieron el increíble espectáculo de la puesta de sol, otro gran regalo de la naturaleza. El cielo totalmente despejado proyectaba diversos colores en la cumbre del Everest que fue cambiando del dorado intenso al ocre hasta apagarse por completo.

Puesta de sol sobre el Everest

La suerte me sonreía, ¡iba a superar la prueba y a disfrutarla!. Con la caída del sol, la temperatura empezó a bajar y había que ir al retrete. Prefiero ahorraros los detalles de la descripción de las letrinas del campamento base. El olor ya se notaba en un radio de dos metros alrededor de ellas y no creo que hubieran sido vacíadas en meses. Como resultado, había un decorado de papelitos usados circundando la zona. Asqueroso. A la luz del día, con ayuda de una amiga haciendo de vigilante (¡no hay arbustos a más de 5.000 metros!) añadí, muy a mi pesar, otro papelito a la colección pero...¿de noche? Había hecho prometer al guía que me llevaría el chofer al monasterio para poder ir al aseo antes de dormir. Sin embargo, mi guía había desaparecido. Y la noche caía. Me salvó el mandarín. Aunque el chofer lo hablaba fatal, sí suficiente como para entender mi petición y, muy amable, salimos en el jeep, bajo una noche profunda, por la carretera de piedras y charcos, en busca del ansiado retrete. Y resultó que el chofer que, hasta entonces no se había pronunciado, tenía ganas de conversación. Son estos momentos en los que una fugazmente calcula la diferencia de tamaño del chofer tibetano (enorme) y la gran soledad de las montañas pero decide, rápidamente, cortar estos pensamientos (la checa estaba tan cansada que había preferido quedarse en la tienda). Fue todo bien y una hora más tarde ya estaba junto a mi tienda lavándome los dientes en la oscuridad. La noche en la tienda de campaña acababa de empezar.

Dueño de tienda - hotel en el Everest

Nuestro anfitrión que más parecía un indio americano de las películas que un tibetano, y que era extremadamente coqueto, continuamente mirándose al espejo y colocándose bien la trenza, encendió el fuego. Yo, totalmente vestida con mis varias capas y los pantys debajo de los pantalones, me introduje en la sábana - funda traída desde el pisito de Shanghai y en el saco de dormir prestado por el guía y me tapé (bueno me taparon porque no podía moverme ya) con varias mantas. Y así, enfundada en todo ello y muy calentita, me dispuse a intentar dormir. No pasé frío durante la noche pero tampoco dormí demasiado. La parte de atrás de la tienda se convirtió en el centro de reunión de los tibetanos del campamento y cada vez que entraba alguien a la tienda me inquietaba saber que mi bolso estaba fuera de mi alcance. Por no hablar de la comodidad de la bancada que era estrecha y dura. Los ronquidos del chino tampoco ayudaban. Sin embargo, mi compañera checa y la pareja china parecía que dormían plácidamente.

Aquí dormimos en el Everest

A la mañana siguiente, ¡sorpresa! no había hoguera al levantarse. Hube de armarme de gran valentía para salir del calentito nido que me había organizado. Mientras me lo pensaba, observé asombrada como mi guía se cambiaba la camiseta sin esfuerzo y mostrando su torso descubierto. Imagino que hay que ser tibetano para no sentir el frío matutino del Himalaya. La salida del sol sobre el Everest, no fue tan especial como la puesta. El Everest es increíble pero creedme no merece la pena dormir allí si es por ver la salida del sol. Sí por el misterio de saber que se está durmiendo a más de 5.000 metros, rodeada de tibetanos y a los pies de la montaña mágica. Jamás me había imaginado siquiera que yo haría algo así. La realidad había superado a la imaginación y la experiencia del Everest había pasado a formar parte de mis recuerdos imborrables.

domingo, 29 de abril de 2012

Camino al Everest

Jamás en mi vida pensé que iba a estar tan cerca de la cumbre del Everest. Y menos aún que iba a dormir en él. El Everest, Chomolungma (como lo llaman los tibetanos), el monte más alto del mundo, en una de las cordilleras más fascinantes, el Himalaya. Había visto reportajes, leído sobre ello, pero ni siquiera soñado con ir. Y, sin embargo, allí culminó mi estancia en China. Porque señores, hoy por hoy, el Everest (o gran parte de él) es China.

Entrada oficial al Everest desde el Tibet
El viaje al Everest es bastante estándar, uno no tiene alternativas en Tibet. Si se quiere obtener el necesario permiso del gobierno chino, hay que seguir un recorrido prefijado e ir con guía. Todas las agencias organizan más o menos las mismas paradas. En mi caso esto suponía que íbamos a pasar la noche en el campamento base del Everest. Mi grupo de viaje consistía en un jeep compartido con otra chica viajera de origen checo, el guía y el chofer tibetanos. La última parada, Shegar, un pueblecito tibetano que no saldría en los mapas si no fuera por ser la entrada y parada obligada de los viajeros antes de entrar en el Parque Natural del Everest. Allí tuve una agradable despedida del Tibet en compañía de otros viajeros y tibetanos de sobremesa en uno de los cuatro restaurantes del pueblo. Se formó una jam session entre una abuelita tibetana con su extraña guitarra y un joven hippy holandés y la suya,  interrumpidos a ratos por cortes de electricidad. Extraño y encantador momento a las puertas de Chomolunga, a 4.300 metros de altitud. En eso estaba cuando apareció mi guía para anunciarme que al día siguiente salíamos a las 4 y media para poder ver la salida del sol. El resto de grupos no tenían previsto semejante madrugón. Confié en mi guía y me retiré a dormir.

En Shegar a 4.300 metros

A la mañana siguiente, nos levantamos mi compañera checa y yo y nos vestimos a oscuras (seguía sin haber luz en el hotel) y tiritando (¿por qué si el hotel es nuevo y está a más de 4.000 metros no se les habrá ocurrido poner calefacción?). Unas barritas energéticas para tener algo en el estómago y...¡en marcha!  ¿En marcha? ¿Dónde están nuestro conductor y nuestro guía? ¡Será posible que les tengamos que esperar con el frío que hace y el sueño que tenemos! Pues sí, así fue, llegaron tarde y con calma...para luego emprender una carrera frenética contra el sol. Carrera bruscamente paralizada por...¡un atasco! Una fila de coches parados esperando para pasar el control militar chino. Parecía una película de guerra, noche profunda, estrellada, y nosotros esperando como fugitivos a que nos estamparan el salvoconducto en nuestros permisos. No nos pusieron pegas y subimos de nuevo al jeep. Nuestro conductor iba adelantando a todos  y el sol empezaba a asomar amenazante por el horizonte. La tensión en el interior del coche se podía cortar con un cuchillo. Mi amiga checa me lanzaba miradas de cómplice odio a nuestro guía. Por fin, ya de día, paramos en el mirador (nosotros y un montón de turistas más que no sé por dónde habían venido...). El sol recién salido, presentaba un espectáculo maravilloso. La cima del Everest se vislumbraba por encima de las nubes mañaneras como si estuviera flotando, suspendida en el aire y acompañada de sus hermanas pequeñas, los otros 8.000 metros del Himalaya. Impresionante. Mucho frío. Costaba hacer la fotografía de rigor. Había merecido la pena. Mi guía había acertado.
El Everest asomándose entre las nubes
Más tarde supe lo afortunadas que habíamos sido, no se ve el Everest todos los días, solo si se dan las condiciones meteorológicas adecuadas. Nuestro guía, fotógrafo aficionado, estaba igual de emocionado que nosotras. Mi presentación al Everest me había fascinado y seguíamos acercándonos. 
La carretera cada vez era más serpenteante y estaba menos asfaltada. El día muy despejado, nos permitía disfrutar de unas vistas maravillosas. A cada tanto parábamos para admirar el paisaje y pasar algún control más chino. Finalmente, llegamos al monasterio de Rongbuk, a 5.000 metros de altitud, el monasterio más elevado del mundo. Las vistas del monasterio con el Everest de fondo son de otro mundo.

Monasterio Rongbuk con el Everest de fondo
Ya sólo nos separábamos unos escasos kilómetros del Everest Base Camp. La carretera se hacía aún más abrupta, con hielo y algún riachuelo en el que los yaks disfrutaban de su baño admirando el Everest. Mágico.
Yaks bañándose en las proximidades del Everest
Ya casi estábamos en el campamento base, me acercaba a él con una mezcla de sentimientos, ilusionada y asustada a la vez, ¡el Everest me esperaba!

¿Has tenido el honor de estar cerca del Everest? ¿Qué sentiste?

viernes, 27 de abril de 2012

Tibet, pueblo en extinción

¿Qué decir de mi experiencia en el Tibet? Es un viaje que, sin lugar a dudas, no deja indiferente. Los paisajes y su gente marcan la diferencia. Paisajes a más de 4.000 metros de altitud. Cielo azul, sol abrasador, nada de árboles. Yaks pastando pacientemente. El Himalaya imponiendo su presencia. Adornos religiosos y festivos decorando, tanto edificios, como valles y montañas. Aquí una ristra de banderas de colores con oraciones budistas cruzando la ladera de una montaña. Allá montículos de piedras, a modo de ofrendas, junto al camino o en la orilla de los ríos. Coloridos estandartes en las esquinas de las casas paralepípedas, o en medio de las plazas de los pueblos, o en lo alto de las montañas. ¿Bonito? No podría afirmarlo con certeza. Imponente y fascinante, sin lugar a dudas.

Ofrendas a la orilla del lago Yamdrok Tso


Más aún que el paisaje impactan sus gentes. A pesar de los 60 años de ocupación china (perfectamente reflejados en carteles y puertas conmemorativas), mantienen ostentosamente su diferencia. Aunque haya una juventud despreocupada por la cultura tibetana. A pesar de que se oiga mandarín en las calles de Lhasa. Aunque el ejército chino mantenga soldados armados vigilando y patrullando. Aún así, la cultura tibetana pervive dentro del Tibet. Todavía. Una cultura profundamente arraigada en la religión, en su budismo autóctono, importado de Nepal, pero adaptado al Tibet.


Puerta conmemorativa de los 60 años de ocupación china con el palacio de Potala al fondo en Lhasa

Los tibetanos gustan de tener una vida sencilla, podrían haber sido ricos, su país es abundante en minerales, pero esto nunca pareció interesarles. Sus vidas giran en torno a los ritos budistas que practican con alegría, como una fiesta. Dedican largas horas a pasear alrededor de los templos, siempre en el sentido de las agujas del reloj, practicando el habla o la oración, en ocasiones, ayudados de rosarios o elementos giratorios.

Mujeres practicando la Kora en el mercado de Barkhor en Lhasa
También realizan interminables postraciones para ejercitar cuerpo y habla simultáneamente, quedándoles ya sólo por dominar la mente para poder alcanzar la iluminación. Es un espectáculo asombroso para el observador occidental. El dominio de la mente es lo más difícil, posible a través de la meditación, en la que los monjes se suponen expertos. 

Prostraciones frente al templo de Jokhang en Lhasa
Los monjes para mí merecen un capítulo a parte. Me parecieron lo menos auténtico del Tibet (bueno junto con las restauraciones de edificios de los chinos que ya se sabe que consisten en construir de nuevo). No todos los monjes, claro. Alguno que encontramos cuidando un templo semiderruido y solitario en lo alto de una montaña, o las monjas del convento que casi nadie visita, o los monjes que recientemente se han suicidado, seguro que son excepciones. En general, parecen figurantes a cargo de los templos. Y pidiendo un buen dinero extra por tomar fotografías en su interior (en alguno llegó a los ¡20€!). Si recordamos que los chinos acabaron prácticamente con todos los templos y expulsaron (o algo peor) a sus monjes, prohibiendo el culto durante años, ¿cómo asegurar que quienes volvieron a los lugares de oración invitados por los chinos para promover el turismo sean auténticos? Los habrá que sí, pero también que no. Aún así, el pueblo tibetano les respeta y colma de donaciones los templos.


Es muy común ver gentes muy sencillas visitando los templos, realizando las postraciones, encendiendo las velas de aceite y dejando billetes en las imágenes de los budas. Al fin y al cabo, según su creencia, si el monje no se comporta como tal, es él quien tendrá mal karma, no el devoto fiel que le haga una ofrenda creyéndole bondadoso, éste tendrá buen karma por ello.


Para acabar os dejo un video de un ritual - espectáculo que vi en el monasterio de Tashilhunpo, en Shigatse. Daba respeto.



Cuando terminó el acto, todo el pueblo se quedó merendando, a mí y a mi amiga nos invitó a unirnos esta simpática familia, con ellos tomé una cerveza tibetana. Así es el pueblo tibetano. Ojalá perdure.



 ¿Qué opinas del Tibet? ¿Crees que está en peligro de extinción o que perdurará?