martes, 30 de julio de 2013

Luang Prabang, joya budista con toque francés

Es la ciudad de Luang Prabang mágica, las calles de su casco histórico entremezclan bellos edificios de madera de estilo colonial con multitud de templos budistas a orillas de un Mekong atravesado por frágiles puentes de bambú.
Monje paseando por delante de una de las casas coloniales de Luang Prabang
Puente sobre el Mekong en Luang Prabang, en reconstrucción tras el monzón

Haw Kam, Luang Prabang
Diariamente, la quietud del alba se rompe por la procesión silenciosa de los monjes budistas descalzos cumpliendo con la tradición ancestral de recoger la comida del día de las manos de sus generosos vecinos. Portan cuencos que llenan de arroz cocido a la manera del país, es decir, pegado (lo que en mi tierra se consideraría "empastrado") mientras los turistas se agolpan, curiosos, haciendo fotografías e incluso participando también en el rito. Un rito que la autoridad comunista, poco dada a los fervores religiosos, no osa romper por el atractivo y  lucrativo negocio que supone.
Dando el desayuno a los monjes en Luang Prabang


Tras el desfile, comienza el mercado diario y entre los productos asiáticos surgen también como propios y autóctonos unas deliciosas baguettes herencia del pasado francés.  ¡Con qué gusto se le hinca el diente a un bocadillo tras 4 meses de arroz! ¿Y qué decir de los crepes con chocolate (bien poco apreciado en tierras asiáticas)?

Monjes recibiendo su comida diaria de manos de una fiel delante del puesto de baguettes en Luang Prabang
Puesto en el mercadillo diario. ¿Buñuelos laosianos?
En los alrededores, fácilmente accesibles con tuc tuc, uno puede adentrarse en el bosque y descubrir un entramado de cascadas y pozas en las que refrescarse del húmedo calor tropical.



"Taxi" en Laos

Cataratas Kuang Si cerca de Laos


Y al caer la noche, tras cumplir con el rito de despedir al sol ocultándose tras los cerros cercanos, ir a  disfrutar de una interesante combinación culinaria francesa y asiática en alguno de los cafés de estilo europeo y puestos de comida callejeros. Sin embargo, en Laos hay toque de queda. A medianoche, como Cenicienta, hay que volver al hotel o albergue, antes de que venga la policía a meternos en el calabozo. Hay turistas que no se resisten a prolongar la nocturnidad y acuden a lugares clandestinos que continúan abiertos a sabiendas de las autoridades locales que miran hacia otro lado. Mientras traigan dinero, todo se les permite.

Turistas eligiendo la comida en un puesto del mercado nocturno de Luang Prabang
Definitivamente, es fácil disfrutar de la calma y placeres de Luang Prabang y los días que allí pasé, arropada por la familia coreana que gestionaba mi hostal, fueron muy agradables. No obstante, las contradicciones entre la permisividad con el turista y la represión al local, hacen que cuestione si la aparente armonía que allí se respiraba era, sólo eso, aparente. Como aparenteme pareció el supuesto voto de pobreza de los monjes tras sorprenderles hablando por un teléfono inteligente.

Terraza de un café en Laos: ¿Monjes con voto de pobreza llamando por móvil de última generación?

¿Has estado en Luang Prabang? ¿Te suscitó las mismas dudas que a mí respecto a su armonía?


domingo, 23 de junio de 2013

Culto al sol en Laos

Tengo la suerte de venir de una tierra rica en el sol del mediterráneo. El cielo azul y despejado es casi como el pan nuestro de cada día. Y cuando falta, enseguida nos ponemos nerviosos, inquietos, nos entra una gran desazón. ¿Injustificada? No, es el sol que echamos de menos. ¿Qué tendrá que lo hace tan especial? Vida, energía, que levanta el ánimo y alegra el espíritu.
El culto al sol es algo muy explotado por los agentes turísticos del sudeste asiático. Se ofrecen excursiones por doquier para ver la salida o la puesta de sol en puntos geográficos de renombre y monumentos. Grandes madrugones y largas esperas acompañadas de masas de turistas peleando por la mejor fotografía. ¿Deberíamos hacer lo mismo con nuestros visitantes en España?
Esta fascinación por el sol está ya muy extendidas, son muchos los adeptos, por lo que escasean la paz y la armonía en la contemplación. Sin embargo, todavía quedan lugares por explotar, como este en que ahora espero la caída del sol, en Luang Prabang, Laos, a orillas del Mekong. 

Puesta de sol sobre el Mekong, Luang Prabang, Laos

A mi lado hay una señora de mediana edad de algún país europeo que ha accedido a compartir el banco con resignación, y que ahora parece aliviada al ver que mi amiga observa y yo escribo en silencio. Juntas podremos compartir el bello ocaso. Una visión de la naturaleza, única y cotidiana a la vez, reflejo del ciclo de la vida.
No va a ser esa nuestra suerte. Acaba de llegar un comando de fotógrafos chinos dispuestos a entran en combate.



Despliegan trípodes, objetivos y enormes máquinas de fotografiar de última generación. No les importa importunar la visión al resto de espectadores.



Gentilmente, le indico a uno que se siente a mi lado para evitar interrumpir el espectáculo. Triunfante me enseña su mejor fotografía pero nota, por mi poco entusiasmo, que mi deseo es disfrutar el momento. No abandona su empresa pero, al menos, ya no bloquea la vista.




El atardecer llega a su fin acompañado del ruido de los "clicks" de las máquinas de fotografiar, disparando, cual proyectiles, en todas las direcciones y ensombreciendo, por momentos, el mágico ocaso. 
Menos mal que mañana seguro que, de nuevo, sale el sol.


El aumento del poderío económico de los chinos en los últimos años ha provocado que cada vez sea más frecuente encontrarse con grandes grupos de turistas viajando en masa. Cuando aterrizan en un lugar turístico, rápidamente toman posiciones como un ejército bien organizado, arruinando el disfrute del resto de los turistas, ¿te has encontrado con uno de estos comandos de asalto? ¿crees que pronto será insufrible viajar a ciertos lugares?

domingo, 14 de abril de 2013

Same, same but different (lo mismo, lo mismo, pero diferente)

Llevo ya unos días en Camboya, uno de los países más pobres que he visitado hasta ahora. Sus gentes, siempre sonrientes, ocultan detrás de la sonrisa, su reciente drama histórico. Hay una generación desaparecida, las personas de mediana edad escasean. Sí se ven niños, muchos niños. Niños muy pobres que atosigan al turista inténtadole vender todo tipo de baratijas, comida y bebida. En especial me impresionan los niños de los famosos templos de Siem Reap. Rodean al visitante mostrando sus mercancías y reclamando su atención con un ñoño canturreo. La gran mayoría son niñas. Niñas muy listas que, cuando detectan la nacionalidad del potencial cliente, cambian rápidamente a su idioma para argumentarle los motivos por los que este ha de comprarle. ¿Hasta dónde llegarían si fueran a la escuela? 

Niños jugando en los templos de Angkor Wat en Siem Reap, Camboya
Aprovechan los ratos sin turistas para jugar. Porque, al fin y al cabo, son niños. Niños como los nuestros. Same, same, but different. Frase muy utilizada por los vendedores de estas tierras.  "Same same" es una coletilla que utilizan para convencer al turista que compre un producto similar cuando no tienen el que les piden. Muestran otro artículo al cliente, y, para convencerlo, ante su desconcierto, añaden: "same same". El turista, responde "but different" y el vendedor sonríe e insiste. Paradójico. Same same, but different.

Ta Prohm, Camboya
Como la niña que tengo delante mientras escribo estas líneas sentada en las ruinas del fascinante templo de Ta Prohm. Tendrá alrededor de 6 años. Está cómodamente en cuclillas, muy concentrada en algo. ¿Qué está haciendo? Me acerco sigilosamente y compruebo que está dibujando en la arena. Totalmente absorta en la tarea.

La niña del templo Ta Prohm
Los turistas pasan por su lado haciendo fotos a las ruinas del escenario de Lara Croft sin percatarse de su presencia. Se la ve feliz dibujando. Imagino que la evade de la realidad que sus harapientas ropas delatan. Por su concentración y perseverancia en el dibujo (no ya tanto por su destreza) me recuerda a otra niña que también dibujaba desde temprana edad y que llevo siempre en el corazón. Sólo que esta niña no podrá recibir clases ni conservar la imagen que está plasmando en la arena. Same same, but different.


Se acerca un grupo de turistas chinos que advierte la existencia de la niña. Emocionados, la rodean y comienzan a hacerle fotografías y regalarle caramelos, diciéndole "piaoliang, piaoliang" (guapa, guapa). La niña aguanta pacientemente el momento pero no parece alegrarse por las atenciones que recibe. Por fin, los chinos la abandonan a sus suerte para seguir con su visita guiada y la niña, ignorando completamente los caramelos, retorna a la faena. Aliviada, comprueba que su obra sigue intacta y la continúa. 

La niña rodeada por los turistas chinos
La niña recibiendo los obsequios y elogios de los turistas por el dibujo

Tímidamente, me acerco a ella. He recordado que tengo algo que puede que le guste más que los dulces. Le entrego un lápiz. Gracias a una turista francesa que pasa por allí, también le damos un papel. Rápidamente, sin mirarme si quiera, la niña se apoya en unas piedras y se pone a dibujar. Muestro interés por su dibujo, pero no parece importarle mi persona ni mis fotografías. Solo quiere dibujar. Yo la observo y escribo. Llega otro grupo de turistas y se coloca entre nosotras. La niña aprovecha la confusión para desaparecer entre las ruinas con su preciado trofeo. Imagino que temerá que se lo pida de vuelta. No sabía que era un regalo.
Mi nueva amiguita dibujando muy concentrada
Ojalá mi pequeño presente la ayude y pueda seguir dibujando. Al igual que ayudé a esa otra niña tan especial para mí. Same same, but different.


Viajar por países mucho más pobres y deprimidos que el nuestro hace que choquemos con una realidad que, aunque sabemos que existe desde nuestra comodidad diaria, no somos plenamente conscientes de ella hasta que la tenemos delante de nuestras narices, y aún entonces, no creo que jamás podamos ser capaces de imaginar lo que sería vivir esa otra vida. Same, same, but different, ¿qué opinas?

martes, 19 de marzo de 2013

Yogja, antigua meca del viajero hippy (II)

Los días en Yogjakarta transcurrían marcados por los contrastes de la ciudad. Allí estaban las casas coloniales de estilo holandés con sus típicos tejaditos sombrero pintadas de alegres colores, albergando establecimientos indonesios.




Casa estilo colonial en Yogjakarta
Conviviendo con multitud de mercadillos callejeros vendiendo productos de gusto musulmán bajo la lluvia del monzón.

Un mercadillo en las afueras de Yogjakarta
Y restos de las ruinas de un glorioso y desaparecido pasado. Borubudur, del que ya os hablé, y Prambanan, el complejo hindú más grande del Sudeste asiático, patrimonio de la humanidad.

Prambanan, Java, Indonesia
 
En Prambanan volví a reencontrarme, a través de las escenas talladas en la piedra de sus templos, con la historia de los amantes Rama y Sita que conocí en Bali. Y de paso descubrí, que la que yo creía una inocente y romántica historia de amor, era todo un entramado de dioses, guerras, intereses cruzados, pecados, venganzas, pasiones y celos incontrolados.
Como en Borubudur, también en Prambanan coincidí con excursiones escolares, esta vez, bastante más jóvenes. Aquello parecía un improvisado jardín de infancia con niños correteando entre los antiguos templos dando una nota de color a un día muy nublado, con sus camisetas amarillo chillón, jugando a meterse en los charcos que había dejado el monzón, ante la mirada de resignación de sus cuidadoras vestidas con ropajes musulmanes. La atracción de un charco de lluvia hacia un niño sobrepasa fronteras y culturas, ¡inútil resistirse!




Visitantes autóctonos en las ruinas de Prambanan en Indonesia

Java es una isla muy castigada por los terremotos, y Yogjakarta aún mostraba las heridas de guerra del último de ellos. Varios edificios de su ciudad antigua aún no habían sido reconstruidos y permanecían abandonados para que los guías "voluntarios" contaran historias increíbles de ellos, y los jóvenes autóctonos los usaran como refugio para sus encuentros clandestinos.


Yogjakarta es también ciudad de artesanos, como los fabricantes de las marionetas planas con las que se entretienen los indonesios horas y horas viendo, una y otra vez, las mismas historias interminables, ya sea en el teatro o retrasmitidas por televisión. Y los famosos batiks o telas teñidas artesanalmente que son ofrecidas al turista enmarcadas a modo de cuadros. Y, cómo no, en los vestigios de la zona hippy, hay multitud de talleres de pintores que ofrecen sus obras al visitante.



Fresco en una calle de Yogjakarta

Artesano fabricando una marioneta en Yogjakarta, Indonesia

Yo, empero, tenía en mente visitar a un personaje indonesio mucho más imponente: el Dragón de Komodo, habitante de la isla de Lombok, a la que no había logrado llegar en mi ruta viajera y del que el zoo de Yogjakarta cuenta con un par de ejemplares. Gracias a la ayuda de los amables habitantes de la ciudad, y un recorrido de varios autobuses, alcancé mi objetivo, un zoo orientado al público infantil y nada frecuentado por visitantes extranjeros, lo cual hizo que me convirtiera en el especimen más raro. Me dediqué a saludar a unos y a otros, a modo de estrella de cine, y hasta a posar con algunos visitantes a los que mi presencia les causaba más sorpresa que la de los animales.


Convertida en una atracción para los indonesios

Y, finalmente, allí estaba, frente a frente con las bestias que dormían plácidamente en su cubículo. Las desperté con un poco de ruido y alzaron su cabeza. El animal escapado a la evolución de las especies me saludaba desubicado fuera de su entorno natural. Del mismo modo que lo estaba yo con mi visita fuera de los itinerarios turíticos y que puso el broche final a mi estancia en Indonesia.

Dragones de Komodo en el zoo de Yogjakarta, Indonesia

¿Has visitado alguna atracción en el extranjero no orientada a turistas? ¿Qué pasó?






domingo, 3 de marzo de 2013

Yogja, antigua meca del viajero hippy (I)

Tras un cansado y largo viaje nocturno que duró más de 10 horas en un minibus, Yogjakarta nos recibió en los albores del alba, en pleno resurgir de la vida tras el descanso de la noche. Una buena siesta y, ¡Yogjakarta, allá voy!


Una calle de Yogjakarta, Indonesia

Allí estaba el boulevard Malioboro, una avenida repleta de tiendas ofreciendo baratijas orientales a los turistas y todo tipo de artículos a las gentes locales. Al caer la noche, sus luces de neón se encienden y los soportales de las casas de estilo holandés albergan un improvisado mercadillo.

Avenida Malioboro en el centro de Yogjakarta

Numerosas mezquitas se hallan repartidas por la ciudad y en ellas las jóvenes fieles musulmanas rezan con sus ropajes blancos cubriéndolas casi por completo.

Mezquita en Yogjakarta

Ya de noche surgen otras jovencitas con sus minifaldas cantando rock and roll en sitios de moda.

Marcha nocturna en Yogjakarta

No muy lejos de la ciudad queda la excursión obligada al templo de Borubudur, una pirámide de piedra tallada narrando historias budistas con impresionantes estupas en la cima coronadas por un Buda que observa plácidamente el paisaje.


Borubudur, Java, Indonesia

Borubudur, el templo budista más grande del mundo, abandonado a su suerte tras el dominio musulmán para ser más tarde redescubierto por el colonizador británico, es ahora visitado como monumento por las nuevas generaciones indonesias. Entre ellas, un grupo de jóvenes estudiantes que posaban haciéndose fotos entre las estupas budistas con sus ropajes estilo musulmanán y sus velos de alegres colores.

Jóvenes posando en el templo Borubudur, en Indonesia

Estos fueron algunos de los contrastes con que me topé en los días que pasé en Yogjakarta. Pero sin duda, el más grande de todos llegó una mañana en que, muy temprano, el silencio del amanecer se vio interrumpido por cánticos en árabe. Al acudir a la llamada del exterior, descubrí que las calles se habían  convertido en improvisados mataderos, en los que hábiles carniceros degollaban, despellejaban y cortaban carne de vacas, ovejas y cabras. La escena, truculenta a ojos del visitante occidental, era vivida sin embargo como una fiesta por los habitantes locales y los niños correteaban y jugueteaban entre el ganado vivo y muerto.

Sacrificio de reses en la festividad de Eid Al-Adha en Yogjakarta, Indonesia

Más tarde supe que aquello era día sagrado para los musulmanes, el Eid Al-Adha y que la carne iba a ser repartida entre los pobres. Aquello no alivió totalmente mi mirada occidental urbanita acostumbrada a la carne ya precortada en bandejas colocadas en las baldas de un supermercado.


Organizando la carne en la fiesta de Eid Al-Adha en Yogja, Indonesia


Este espectáculo algo dantesco no era la estampa que esperaba encontrar del antiguo refugio hippy y, sin embargo, aquello era el reflejo de la auténtica Yogjakarta y lo otro solo un espejismo inventado por el visitante extranjero que hasta le había acortado el nombre hasta dejarlo sólo en Yogja. ¿Qué más sorpresas me depararía aquella ciudad?

¿Habéis estado en alguna otra supuesta ciudad hippy que luego no os lo haya parecido? ¡Contádnoslo!







domingo, 20 de enero de 2013

Deambulando a los pies del Bromo


Atrás quedaba la excursión a la cima del volcán y por delante teníamos unas horas muertas hasta que nos vinieran a buscar para llevarnos al otro lado de la isla. Nuestra expedición se había quedado reducida al matrimonio joven  brasileño, el holandés solitario y una servidora; las amigas inglesas habían decidido proseguir por su cuenta, fieles a su tradición de aislamiento isleño, supongo. Juntos nos adentramos en el atractivo misterio del paisaje lunar formado por senderos de arena y lava a los pies de Bromo. 

Un antiguo templo con un aire muy balinés nos recibió imponente, cual superviviente en medio de la polvareda del camino.


Ruinas de templo hindú a los pies del volcán Bromo

La soledad y desolación en la que nos veíamos envueltos nos hacía sentir como una suerte de exploradores en nuestro retorno a pie a un hostal que se nos hacía cada vez más lejano. La extraña belleza del camino embriagaba y animaba a continuar.

Paisaje volcánico en los alrededores de Bromo

Tras recobrar fuerzas (por fin) comiendo algo en el pueblo de Cemoro Lawang, retomamos el peregrinaje. El valle volcánico dejó paso a un paisaje verde y frondoso, igualmente solitario, tan sólo salpicado de alguna vivienda escondida. De esta aparente nada surgió, como si de una aparición se tratase, un vendedor de peces de colores portando la mercancia en su motito adaptada para tal fin. Recibió nuestra sorpresa por la singularidad del medio de transporte con paciencia y una media sonrisa posada en la consabida fotografía.
 
Vendedor de peces de colores cerca de Bromo en Java

La mala (o buena) fortuna hizo que el monzón hiciera acto de presencia en forma de lluvia tormentosa. Aceleramos el paso y cuando quisimos darnos cuenta, a nuestro holandés errante se lo había tragado la tierra. Resultó que no fue la tierra sino un refugio al que había acudido para encender su cigarrillo. Y allí estaba alegremente enzarzado en una conversación con un pastor local ¿Había aprendido el idioma local? Nada más lejos, pero con un poco de imaginación, gestos, mucho buen humor y empeño, ambos lograban comunicarse. Mi  diccionario viajero con ilustraciones contribuyó aún más a este intercambio entre el pastor y el representante de su antiguo colonizador que compartían felizmente tabaco. El pastor nos mostró orgulloso su vaca y nos enseñó los rudimentos de su idioma. Tan mágica fue la conexión que surgió, que mi nuevo amigo brasileño decidió convertir al pastor en digno poseedor de su bandera y le hizo entrega de la que había estado portando en su mochila durante meses en espera de un momento como aquel. El pastor  reconoció Brasil de inmediato (¡bendito fútbol!) y se alegró mucho con el presente. No hay una instantánea que inmortalice el encuentro, así que, queda a merced de vuestra imaginación, pero si algún día viajáis cerca de Bromo y veis una bandera brasileña adornando un cobertizo, ya sabéis a qué se debe.

Valle de Bromo en el Parque Nacional del Bromo Tengger Semeru

Seguro que en vuestros viajes habéis tenido algún encuentro parecido, superando barreras de idioma y cultura, ¡contádnoslo!

miércoles, 26 de diciembre de 2012

Viaje a la isla de los volcanes

Con pesar por abandonar la que ya consideraba "mi" Ubud, el afán por conocer más mundo me llevó a continuar el viaje a la isla de los volcanes, Java. Sólo el nombre ya me hacía emular paisajes exóticos.
Viniendo desde Bali, se echa de menos la frondosidad de su paisaje tropical y el alegre colorido de sus templos y sus gentes con las frecuentes ofrendas y ceremonias; en su lugar llega el impresionante paisaje lunar y volcánico que ya se vislumbra desde el ferry. Nos adentrábamos en el misterio del mundo musulmán en el epicentro de Indonesia.

Aproximación a Java desde el ferry de Bali

Compartí viaje en un minibus con un encantador matrimonio muy jovencito de brasileños (¡algún día os iré a ver!), un holandés errante para ahogar penas del corazón y dos amigas londinenses al inicio del año sabático. Salíamos de mañanita de Kuta (en mi caso antes de Ubud) para atravesar toda la isla hasta alcanzar el noroeste, cruzar en ferry a la vecina Java y proseguir otras largas horas hasta llegar, exhaustos, a nuestro destino.Ya bien entrada la noche, llegábamos a un pueblo a los pies del volcán Bromo. Juntos, deambulamos de hostal en hostal, regateamos, insistimos, peleamos... para finalmente lograr una habitación con ducha compartida, bastante frío y un plato de pasta deshidratada regado con fanta roja (les encanta por Asia) porque no quedaba ya agua embotellada. El madrugón era importante, nos acostábamos a medianoche y a las cuatro partíamos ya a la cima del monte para ver el amanecer sobre Bromo.

Amancer sobre el valle del volcán de Bromo, en Java

¿Por qué tenemos que madrugar tanto? Tan sólo hemos logrado concentrarnos todos los turistas en manada y los comerciantes con su café (¡menos mal!) y baratijas, avanzando adormilados en la penumbra y luchando por una foto. Estos asiáticos venden muy bien sus amaneceres....¿Por qué nosotros no obligamos a nuestros turistas a ver el amanecer sobre el mediterráneo, todos juntos en procesión? Los deseos de venganza y el mareo del cansancio me estaban ya superando cuando, con las primeras luces del alba, apareció ante nosotros el paisaje. La vista del crater del volcán asomando entre la bruma y las nubes y rodeado del valle de árboles quemados me cautivó.



Y aún quedaba lo mejor. Nos acercaron en jeep hasta las dunas. Los últimos metros  consistían en atravesar una explanada de arena y cenizas asediados por chavalines ofreciéndonos sus caballitos para llegar a la meta. Accedí a la turistada, tras un pequeño tira y afloja, y monté en un caballito, manteniendo el equilibrio, no sin dificultades. Si caía, parecía que el suelo era blando...Logré subir la colina (y alegrar un poco el día al cuidador de mi caballo que me observaba mis esfuerzos muy divertido) y disfruté como una niña pequeña.


Caballitos para la visita a Bromo, Java

Al final del trayecto nos esperaba una empinada escalera que nos separaba de los últimos metros hasta alcanzar el crater. Menos mal que algún vecino balinés había dejado una ofrenda a los pies de la escalera, ¡estábamos protegidos!.


Y allí estaba, un poco sin aliento, justo delante del crater del volcán Bromo. Había visto volcanes antes pero nunca tan de cerca que un resbalón pudiera hacerme formar parte de uno. Impresionante.
La que yo había apodado "isla de los volcanes" acababa de darme la bienvenida por todo lo alto.


Volcán de Bromo, Java
Guías esperando a que bajaran los turistas






Uno de los graciosos caballos que ayudan a alcanzar el volcán de Bromo, Java

¿Has ejercido de turista por el mundo y te has visto obligado a madrugar con la promesa de ver un amanecer único? ¿Mereció la pena?