domingo, 9 de septiembre de 2012

Crisol de culturas en Singapur, ¿realidad o ficción?

Oriente y Occidente entremezclados en el mercadillo indio
En mi último post me admiraba de las maravillas de la convivencia de chinos, indios, malayos y occidentales en Singapur. Su comportamiento respetuoso me otorgaba una sensación de "vuelta a civilización". Singapur, el primer país asiático en que, tras cuatro meses de periplo, por fin podía hacer algo tan sencillo como beber un vaso de agua del grifo. Un gesto tan común y que se da por sentado allá de donde vengo y que, sin embargo, volvía a ser posible tan sólo porque me hallaba de nuevo en un país rico (o más rico).
Pero no es oro todo lo que reluce. En Singapur no se respetan las libertades individuales.  A parte de la ya anecdótica norma de no poder mascar chicle, no hay libertad de expresión y los medios de comunicación están censurados. Bien es cierto que, según me cuentan los lugareños, esto se está flexibilizando un poco. Hay quienes piensan que esta rigidez de normas ha sido necesaria para provocar el cambio. Una amiga china de Singapur recordaba como para su abuelo escupir en el suelo era una práctica común, mientras que su padre ya nunca lo hizo. Pobre justificación a mi entender para coartar libertades, si bien es cierto que lo veo con ojos de occidental y estamos hablando de Oriente. Otros lares, otros usos.

Esculturas de arte moderno adornan las calles de Singapur


También hasta hace unos años no había lugares de ocio nocturno o si los había eran sólo para los "expatriados" occidentales. Trabajo y vida ordenada eran las tónicas de un país que tiene uno de los casinos más exitosos del mundo al que no deja entrar a muchos de sus paisanos para protegerlos de sí mismos (y de paso al casino claro está). En los últimos tiempos han surgido bares en las zonas de oficinas dónde es posible ver a ejecutivos de distintas razas relajándose tras una larga jornada laboral. Según me confiesa mi amiga, en un país en el que dedicarse a la banca o a la exportación es hacerse rico, abundan los ejecutivos pero encontrar trabajadores para empleos más corrientes es difícil. Un ejemplo son las tiendas de ropa. Pude comprobar que los centros comerciales están repletos de carteles buscando personal. Toda una generación nueva de jóvenes consentidos que no necesitan trabajar para vivir o, simplemente que se ven más atraídos por el dinero aparentemente fácil de otros sectores, se resiste a emplearse en estas tareas.
La idilíca convivencia a veces se ve empañada por el comportamiento de unos pocos, que provoca el rechazo a toda una raza. Así pues, un chino prefiere contratar a otro chino antes que a un malayo. Considera a los malayos vagos e informales, faltan al trabajo con frecuencia  y se escudan en la religión musulmana para evitar realizar algunas tareas. Estas diferencias son una amenaza para la paz social del país. Ojalá se quede en la anécdota y no pase a estropear el futuro de la urbe casi perfecta de Asia. Sería una lástima.

Singapur está en el sudeste asiático y, por tanto, no exento del castigo del monzón en forma de lluvia torrencial

¿Vives en Singapur? ¿Estás de acuerdo con mi punto de vista? Seguro que sabrás más que yo tras mi corta visita ¡Comparte tu experiencia!


miércoles, 15 de agosto de 2012

Singapur, ¿el futuro de Asia?

Hace no mucho visité la urbe perfecta de Asia (sin contar con las de Japón, Corea y Taiwan, claro): Singapur. Mi idea preconcebida era que iba a ser un lugar anodino, limpio, casi aséptico, y aburrido. Sin embargo, no ha sido así. La ciudad - estado tiene edificios muy hermosos, ha sabido preservar algunas casas de estilo colonial en China Town y Little India, pintándolas de alegres colores, y hay multitud de árboles y jardines vistiendo las calles y recordándonos la selva a la que la ciudad robó el territorio. 

Singapur con el hotel de 5 estrellas y su piscina infinita en la azotea

Fuente del león, emblema de Singapur

Pero lo más fascinante de Singapur no es su planeaniento urbanístico que, empieza a acusar atascos y aglomeraciones derivados de un exceso de población, lo fascinante es su mezcla de culturas y cómo éstas han evolucionado de manera distinta a sus lugares de origen. Chinos, indios, malayos y occidentales conviven en aparente armonía. Los chinos son la clase dominante, junto con los occidentales expatriados. Estos chinos difieren bastante de sus hermanos del continente. No sólo porque hablan una divertida mezcla de inglés y mandarín, el singlish, capaces de intercalar palabras de ambos idiomas en una misma frase (gran ventaja para alguien como yo que entiende la estructura básica del chino pero le falta vocabulario porque esto es lo que suelen completar en inglés), sino porque son mucho más educados. Aunque no sea políticamente correcto decirlo. Mi sensación nada más pisar Singapur fue haber vuelto a la civilización. De hecho, a una tan perfecta que no se encuentra en España (¿aún?).

Edificio rodeado de árboles en Singapur

Os pondré en situación. Llego a Singapur tras un viaje en autobús desde Malasia, con mis ya mencionadas en este blog, 2 maletas de improvisada mochilera sin mochila, me dispongo a coger un taxi para ir al albergue. Observo, fascinada después de más de cuatro meses por Asia, que la gente está haciendo cola ordenadamente y que, de hecho, la fila de personas forma una especie de "s" desde la parada de taxis. Me acerco, a trompicones, con mis maletas y enseguida un chino de mediana edad, alto y elegante me indica, amablemente y en perfecto inglés, que me desplace hacia la izquierda continuando la s "para no bloquear el paso". Impresionada por la exactitud de la observación, obedezco sin rechistar y observo como quienes llegan después de mí me imitan en silencio. Esto puede parecer una simpleza pero para mí fue una demostración de la idiosincracia del país. Educación y respeto a los demás ciudadanos. Y, para colmo, indicado por un chino. En China la subida a cualquier transporte público es una especie de "sálvese quien pueda" o "maricón el último" (con perdón de la expresión pero es la que mejor ilustra la barbarie) en que todos los chinos se apelotonan y no dudan en empujarse para abrirse paso entre la masa sin importarles el posible malestar que causan a los vecinos. Pero esos son los chinos de la gran China y no los de Singapur. Nada que ver. 

Chinatown en Singapur
En Chinatown la comida es la misma que en el sur de China, las tiendas venden el mismo tipo de artículos (aunque sin copias) que en cualquier bazar, los masaje de pies y los tratamientos de medicina oriental se ofrecen por doquier, pero todo está limpio. No hay papeles en el suelo. No hay que estar alerta al temible ruido preparatorio que antecede al odiado escupitajo chino. Y aunque haya mucha gente, nadie empuja. Y en los templos (nuevecitos y recién pagados por las generosa contribuciones de los fieles) se respira fe. 

Little India en Singapur
En la pequeña India es similar, aunque no puedo asegurarlo porque no he estado en la India. Fui en vísperas del año nuevo indio. Las calles estaban iluminadas y engalanadas para la ocasión. Los templos repletos de fieles orando y realizando ofrendas. También había un mercadillo abarrotado de gente. Al adentrarme en él rápidamente me vi atrapada por una marea humana que me obligaba a proseguir por la dirección que ellos marcaban. Me entró una ligera sensación de agobio al pensar que no tenía escapatoria. No obstante, estaba en Singapur y, por tanto, no había nada que temer salvo el calor pegajoso. Nada más. Ni robos, ni codazos, ni empujones. Y si había algún tropezón, inmediatamente seguía una disculpa. 

Mercadillo de adornos para el año nuevo indio en Singapur

 Singapur es un país usurpado a los malayos por una generación nueva de chinos e indios. ¿Evolucionarán del mismo modo sus parientes lejanos del continente?

¿Y tú qué opinas? Si has estado en Singapur, ¿crees que exagero o tuviste la misma sensación que yo?

domingo, 22 de julio de 2012

El mundo visto desde un elefante

Paseo en la selva, baño con elefantes, rescate in extremis en el río...todas esas aventuras me había deparado ya mi visita a Chitwan y aún faltaba la traca final: el safari en elefante. Si vais a Chitwan y os decidís por el safari en elefante, os recomiendo que lo hagáis a lomos de alguno de los elefantes del Parque Nacional que están más cuidados y protegidos. Así lo hice yo, y mi sensación es que el animal era tratado con respeto (dentro de lo que cabe).

Una familia en safari en elefante en el Parque Nacional de Chitwan

Desde una torre construida a tal efecto, se accede a la cesta colocada sobre el lomo del elefante, una persona en cada esquina con la barra entre las piernas para no caerse. En mi caso éramos solo 3, dos chicas polacas y yo. El cuidador va sentado a la cabeza e indicando al elefante con la vara qué dirección tomar. El que me tocó era un joven nepalí muy amable, que se notaba que quería a su elefante y que se esforzó por hacer muy completo nuestro mini safari.

El cuidador da las instrucciones al elefante apoyando la vara en su cabeza

Empieza el suave traqueteo, avanzamos lenta y pesadamente por la jungla. ¡Cuidado, una rama! No hay problema. Nuestro amigo elefante la retira suavemente con la trompa. Increíble. Atravesamos un río como si fuera un charco, chof, chof, sin salpicarnos si quiera y ya estábamos en el Parque Nacional.


¡Cuidado que nos metemos en el agua!

Primero vimos unos ciervos, animales de sobra conocidos, pero siempre tan bonitos...y se ven distintos desde arriba del elefante, parecen tan pequeños....¡Chicas, no habléis que asustáis a los animales! Mirad, ¡un jabalí! Este sí parece pequeño desde lo alto del elefante. Seguimos avanzando y, de repente, detrás de unos arbustos y a solo 2 metros de nosotros, en un claro de la selva, impasibles e ignorando completamente nuestra presencia estaban mamá rinoceronte y su cría pastando plácidamente. ¡Estaba al lado de dos rinocerontes y no parecía importarles! Curioso animal el rinoceronte que parece haberse quedado estancado en algún eslabón de la cadena de evolución con su extraño cuerno y su apariencia de estar construido a base de robustos bloques armados entre sí sin la línea de definición depurada que caracteriza a otros animales como el buey o la vaca.

Rinocerontes en el Parque Nacional de Chitwan
El elefante se acerca mucho al rinoceronte
La cría de rinoceronte vista de cerca



Y mamá rinoceronte
 
Desde lo alto del elefante, la visión de la fauna es magnífica y es posible acercarse a un imponente animal, como el rinoceronte, sin miedo a ser atacado, y, aún mejor, sin molestarle si quiera. Pensado en retrospectiva, el paseo no debe ser precisamente agradable para el elefante. He tenido oportunidad de repetirlo en otros países asiáticos y no lo he hecho porque me ha dado penita. Los elefantes han sido y son aún, en gran medida, elementos explotados por el hombre por estos lares, pero al mismo tiempo, es fácil criticarlo desde la acomodada postura de rico occidental que también explotó a animales (y, según se mire, aún explota) para avanzar en su progreso en el pasado. Ahí dejo la reflexión, cada cual que la interprete como considere. Sea como fuere, aunque quizás sea poco considerado con los elefantes cabalgar en uno de ellos, he de admitir que disfruté del paseo como una niña pequeña en el circo. ¡Gracias elefantes por acercarme a la selva!



¿Y tú qué opinas? ¿Crees que no se debería apoyar el safari en elefante?



domingo, 1 de julio de 2012

Nadando con elefantes en Nepal

Lo que sigue es una de las experiencias más increíbles de mi vida. Ocurrió en Chitwan, Nepal. Volvía de mi safari a pie y acudí a la cita diaria del baño de los elefantes en el río. Los elefantes necesitan disfrutar de un baño de recreo al día, es su momento de descanso en una dura jornada de trabajo. El día anterior no habían venido por estar demasiado ocupados. La explotación a los elefantes es grande en Nepal, son una importante fuente de ingresos. ¿Acudirían hoy a su cita? ¡Allí estaban! Sólo vinieron dos elefantes, acompañados de sus cuidadores. Muy pronto empezaron a jugar en el agua. Parecían sonreir al echarse agua con la trompa. La gente empezó a agolparse y a hacer turno para subirse de dos en dos.


El elefante parece que sonreía disfrutando de su baño

Iba preparada: no llevaba documentación ni casi dinero y el bikini puesto. Tenía que buscar mi oportunidad. Estaba sola esta vez y necesitaría a alguien. Me fijé en un chico inglés que hacía fotos a una pareja encima del elefante. Resultó ser su novia, él no se había atrevido a montar. ¡Perfecto! Le pinché diciéndole que él no podía ser menos, y tras unos titubeos por su parte, logré que la novia custodiara nuestros objetos personales mientras subíamos a lomos del elefante. ¡El ego masculino me servía de ayuda en esta ocasión!


Baño con elefantes en el Parque Nacional de Chitwan en Nepal

Un, dos, tres...un empujoncito del cuidador y...¡estaba subida a un elefante! Sin montura, sintiendo su piel surcada por duras cerdas bajo mi cuerpo, manteniendo el equilibrio a duras penas. Respondiendo a las órdenes del cuidador, el elefante nos tiraba agua con la trompa. ¡Disfrutaba como una niña pequeña!


El elefante se echa agua y de paso ¡nos moja!

Completamente enamorada del elefante y del momento, nada podría hacerme caer. Pero claro, había más personas esperando su turno y tendría que dejar mi plaza a los siguientes. El cuidador dio la orden al elefante para que nos tirara al agua. Mi compañero inglés cayó de inmediato, pero yo me resistía....El cuidador dio de nuevo la orden al elefante. Nunca he subido a un toro mecánico pero se me estaba dando muy bien...Comprendí que tenía que dejarme ir. El cuidador le gritó otra vez algo al elefante. Y ahora sí,  me lanzó al agua con más fuerza y más lejos. Me dejé ceder al impulso y caí en las turbias aguas del río. Empecé a nadar hacia la orilla. Nadaba y nadaba pero descubrí con horror que no avanzaba. ¡La corriente era más fuerte que yo y me arrastraba hacia dentro! ¡Y en el río había cocodrilos! Intenté que el miedo no me paralizara. Seguí nadando desesperadamente. Chillé pidiendo ayuda. Fue un instante que pareció eterno. Hasta que el cuidador se percató de mi situación y me acercó el palo que usaba para guiar al elefante. Pude agarrarme a él y así me dejé llevar a la orilla. ¡Había estado muy cerca de no contarlo!  Mi baño con elefantes casi me sale muy, muy caro. Aún así, no me arrepiento en absoluto y, si tuviera la oportunidad, volvería a subirme a un elefante para bañarme con él. He descubierto un nuevo amor. El elefante es un animal que me fascina. Haber podido jugar con uno en el agua ha sido excitante y divertido. Me siento muy afortunada. Más tarde supe que no es común lo que me ocurrió y, por tanto, os recomiendo la experiencia. Eso sí, ¡no os empeñéis en quedaros encima del elefante como hice yo!

¿Te gustan los elefantes? ¿Has jugado con uno en el agua?


 



domingo, 24 de junio de 2012

De safari en Nepal

Imposible dormir. ¿Quién me mandaba a mí, miedica reconocida, contratar un safari a pie por la jungla? ¿Y si me atacaba uno de los pocos tigres que se supone había? ¿O un oso? ¿Y si el que me atacaba era el que me había traído a ese hotel (y que me había estado intenando convencer para pasar la noche en la jungla con él)?. Seguro que su amigo le abría la habitación y yo no tendría escapatoria. La maraña de pensamientos absurdos no cesaba. Me alegré cuando, por fin, salió el sol y ya tocaba ir a la excursión.¡Parque Nacional de Chitwan, allá voy!



Empezamos en canoa, íbamos un matrimonio francés de mediana edad con su guía personal, un guía oficial del parque ya experimentado y otro más jovencito cerrando la comitiva. Con tanto guía, iríamos seguros, ¿o no? Primero un relajante paseo en canoa por el río en el que sólo veíamos aves de todo tipo. Los franceses iban muy preparados con sus prismáticos y sus uniformes estilo colonial, yo, en cambio, a duras penas me había vestido de camuflaje y me preocupaba el centímetro de pierna que no había logrado que mi calcetín alcanzara a tapar...

Aves autóctonas en el Real Parque Nacional de Chitwan en Nepal

Parecía que justo cuando me giraba a mirar alertada por el guía o el francés, el animalito en cuestión ya se había escondido. ¿Dónde estaban los cocodrilos? ¡Allí hay uno! Creía que era un tronco de lo quieto que estaba. Había visto caimanes en el pasado pero este cocodrilo era más pequeño y aplanado. Estaba muy cerca y nuestra canoa no parecía muy estable...Mejor no pensarlo.

Cocodrilo en Chitwan, Nepal

Nos habíamos retrasado porque mi guía había incorporado a los franceses recién llegados a Chitwan a última hora y ya no era buena hora para ver animales....¡Qué rabia! Un momento...¿qué es eso? ¡Un rinoceronte descansando en la islita del río! Paramos la canoa para observarle cómo dormía tranquilamente, ajeno a nuestras miradas. ¡Estaba sólo a unos metros de una bestia enorme con cuerno!

Un rinoceronte durmiendo la siesta en el río de Chitwan

Dejamos la canoa, y nuestro guía nos dio unas recomendaciones de qué hacer si nos encontrábamos con alguno de los animales peligrosos. No recuerdo muy bien qué correspondía con cada animal pero sí que en un caso había que subir a un árbol (creo que con el rinoceronte...fácil, si yo trepo a árboles a diario...), en otro hacer mucho ruido (esto sí se hacerlo, si es que el miedo no me deja muda, claro) y hasta quedarse quieto y caminar de espaldas (¡en medio de la selva!, ¡tropezaría seguro!). ¿Sería capaz? Seguro que teniendo a un rinoceronte, un oso o un tigre cerca sí. Nos despedimos de nuestro amigo rinoceronte de la isla y empezamos a caminar por la jungla.

¡Adiós rinoceronte!

Mi "enamorado" nepalí
Pegadita al guía experimentado, imitándole en cada movimiento, totalmente en silencio y en alerta constante, empecé a deslizarme por la jungla. Sufría por si me atacaba un insecto en el trocito de pierna al descubierto. ¿Aguantaría el repelente super extra fuerte? Proseguimos e hicimos un alto en una torre de vigía desde la que se vislumbraba la inmensidad de la jungla. Allí fue donde me libré, por muy poco, de convertirme en aperitivo de una sanguijuela. Uno de los guías me la quitó cuando ya trepaba por mi bota. Él, en cambio, sí sufrió un mordisco y su camiseta se tiñó de rojo. Como de verde se había teñido la piel de un chino que nos encontramos en la torre. "Calidad china", comentó divertido nuestro guía. Mal lo tiene China si hasta sus vecinos pobres desprecian sus productos. 
Ya no vimos más animales grandes. Nuestro guía escenificó un momento de pánico cuando se oyó un gran ruido entre los arbustos. Aparentemente, acabábamos de estar cerca de un oso (y la semana anterior había habido un ataque a turistas...). Nunca sabré si era cierto pero, desde luego, el ruido que hizo aquello fue muy real y muy grande.

Finalmente, mi primer paseo por la jungla llegaba a su fin. De él me llevo una nueva humildad adquirida por la imponente sensación de intruso en la madre naturaleza. En la jungla se siente, como en ningún otro lugar, que el ser humano no siempre es el rey. Tras la aventura del safari, seguía sana y salva y aún me esperaba el gran postre...¡el baño con los elefantes! Mi recién estrenada y temporal faceta de aventurera no había hecho más que empezar.

¿Has paseado por la jungla? ¿Pasaste tanto miedo como yo?

sábado, 16 de junio de 2012

En busca de los elefantes

En cuanto leí en un foro de Internet que en Chitwan podía subir en elefante, se convirtió en mi objetivo en la vida, Pokhara me resultaba ya aburrida...¡me iría a Chitwan a buscar elefantes! Tras la espectacular despedida con amanecer en las montañas, acudí a la estación de autobuses de Pokhara donde, mientras los trabajadores se afañaban en su organizado caos por repartirnos a viajeros y equipajes entre los destartalados autobuses, los viajeros nos despedíamos de Pokhara mirando embobados a los Anapurnas de fondo.

Estación de autobuses de Pokhara
Encajando el equipaje en la estación de autobuses de Pokhara en Nepal

Me tocó un autobús rosa con un interior decorado al más puro estilo de una película de Bolywood, con piedras brillantes por doquier y cortinitas de colores. Mi asiento era de cabina, como me había advertido mi joven amigo del hotel, pero no había comprendido el significado: una banqueta situada transversalmente en la parte frontal del autobús con las rodillas golpeando en el hueco de la rueda y mi cabeza a ras del techo. Me esperaban más de seis horas de esa guisa dando trompicones. Miré a mi alrededor y vi a un chinito y, primero con la mirada y luego con mi medio mandarín, logré que me cediera su asiento. A su mujer no le hizo mucha gracia y tuve que volver a intercambiarlo pasadas tres horas para no ser fulminada por sus miradas de odio. Xiexie nimen! (gracias)



El interior de mi autobuses "bollywoodiense". Imposible sacar mejor la foto con los baches

Como todo llega, también llegamos a Chitwan, para ser asaltados por una horda de encargados de hoteles ofreciéndonos sus servicios. Yo había intentado reservar uno pero no sabía si me habían aceptado y ¡allí estaban esperándome! Resultó ser un resort de precio desorbitado (para los estandares marcados del viaje), así que, lo rechacé amablemente y me tiré en un jeep con unas danesas que me explicaron que íbamos al "Lonely Planet pick", vamos al recomendado por la famosa guía. Sin comentarios, duré 10 segundos en la habitación que me ofrecieron (se salía el retrete, la mosquitera medio rota, manchas sospechosas en las sábanas...) y emprendí la huída con mi maletita dispuesta a llamar otra vez al hotel caro, muerta del madrugón (en Asia amanece a la hora solar no como en España, es decir, a las cuatro) y de la carretera. Enseguida salió el relaciones que me había traído hasta allí a darme caza y ofrecerme el hotel de su amigo, mucho mejor que el resort y más barato. Esto del amigo me lo conozco yo ya...Me dejó en un bar del río pero volvía a buscarme. Y me encontré allí sola en un chiringuito frente a frente con un río que parecía africano y la jungla al otro lado. Un paisaje maravilloso, ¡los elefantes me esperaban!

Atardecer sobre el río en Chitwan

Unos noodles para recobrar fuerzas y una petición de rescate al camarero que llamaría al resort en mi nombre. Lentamente me empezó a rodear una familia nepalí. La madre me había atisbado allí sola y su instinto protector le hizo acercarse. Padre, madre, abuela, dos hijas y dos hijos me observaban. A través de la hija mayor se aseguraron de que estaba bien y ya tenía dónde quedarme y me ofrecieron comer pasta deshidratada picante que ellos tomaban cual ganchitos. ¡Qué amables estos nepalíes! Pero no todo iba a ser tan fácil y ya volvía el relaciones del hotel al acecho. No tuve fuerzas para imponerme en el debate que siguió y acepté acompañarle para echar un vistazo. Y resultó ser cierto, el hotel era nuevo e impoluto, la habitación enorme, ¡todo un lujo a un módico precio! ¡Menuda siesta! Recuperada, salí a explorar el pueblo y contratar la excursión al Parque Nacional. Tras un largo diálogo con un experimentado guía del parque e incapaz de decidir qué escoger, me interrumpió para apremiarme a alquilar una bici e irme al centro de conservación de elefantes antes del anochecer. Le hice caso y me encontré intentando pedalear por un camino de piedras sufriendo porque se hiciera de noche y por caerme cerca de un cocodrilo. Tan torpe era que los niños de los poblados tharu que atravesaba dejaban de jugar para mirarme con cara de preocupación. No hay fotos de sus casas porque mi frenética carrera contra el sol me lo impedía. Llegué sana y salva para toparme con el río.  Atravesé en una canoa estrecha mojándonos un poco y, ¡allí estaba Dumbo!, ¡por fin tocaba a un elefante!

Elefantes en el Centro de Conservación de Chitwan


Los niños estaban entusiasmado y le gritaban elefante en nepalí para que les hiciera caso. Yo me uní a ellos y disfruté acariciando su piel salpicada de duras cerdas. El centro daba bastante pena porque los elefantes, teóricamente rescatados de tareas pesadas, permanecen encadenados. Aún así, al ver a los elefantes fue amor a primera vista.

Mamá elefante y su niño en Chitwan
El sol caía y yo tenía que volver al pueblo, sin luces y con mi poca destreza. La idea no era muy halagüeña. Me pegué a una parejita mixta en la canoa (inglesa ella, nepalí él) y me llevaron a mí y a mi bici en su jeep. ¡Yupi! ¡La bondad del viajero me había salvado de nuevo! Un espectáculo de danzas tribales tharu para acabar la jornada y el safari ya contratado para al día siguiente. Como primera presentación no había estado mal...¡y la aventura no había hecho más que empezar!

¿Has estado en el Centro de Conservación de Elefantes de Chitwan? ¿Te gustó o te apenó un poco como a mí?


domingo, 10 de junio de 2012

Luces y sombras en Nepal

Nepal es un país de gentes encantadoras y paisajes increíbles, pero también uno de los más pobres del mundo. El orgullo nepalí les hace no querer sucumbir ante el imperialismo de sus vecinos indio o chino para crear infraestructuras, que, de otro modo les resultan imposibles de acometer, y paraliza su desarrollo. Los cortes de electricidad (o la ausencia de ella) son frecuentes y las carreteras, a menudo, desaparecen. Quizás por eso fue allí, en Nepal, donde mi pequeño y desgastado portátil de viaje (y conexión con el mundo occidental) decidió dejar de funcionar. No soportó los viajes por las destartaladas carreteras y murió por aplastamiento entre el equipaje y mis rodillas. Imposible hacerle arrancar. Urgía buscar una solución.

Una calle del centro de Katmandú, en Nepal, obsérvese el entramado de cables y el mapa de ubicación en la zona

Me encontraba aún en Pokhara y pregunté al recepcionista y dueño del hotelito donde me alojaba. Estábamos en Dasain, por lo que no era fácil encontrar a un técnico dispuesto a trabajar, pero él me lo resolvería y traería a un amigo. Resultó ser un informático bajito y bizco, que, superado el reto de mirarle mientras examinaba delicadamente el portátil en mi habitación (puerta abierta y hablando alto y claro), me explicó, en perfecto inglés, que era capaz de arreglarlo por el equivalente a 15€. Una ganga, decía, porque en mi país seguro que por ese precio ni venían a verlo. Una fortuna en Nepal, pero no estaba en condiciones de discutir. Y se llevó mi portátil sin más. El dueño del hotel, siempre sonriente, me dijo que él (como la mitad de Pokhara) se iba al día siguiente en busca de la bendición paterna a su pueblo natal por el Dasain, pero que su joven y tímido primo, se encargaría de perseguir que mi portátil volviera sano y salvo. Y comenzó la espera.

Lago Pewha en Pokhara, Nepal

Pronto quedo claro que al joven primo le encantaba jugar a caballero salvador con la blanquita en apuros (o sea yo). Y así pasaron un par de días en los que yo preguntaba a cada momento por mi portátil y él llamaba al informático para insistirle y siempre estaba "casi" a punto. Me dejaba utilizar el ordenador de recepción (fundamental para poder planificar las siguientes etapas del viaje) y me intentaba impresionar, en su medio inglés, con sus hazañas de montañero experto, porque él es un chico de las montañas (su pueblo natal a más de 4.000 metros) y sólo en ellas es feliz. Por eso se gana la vida llevando a extranjeros de expedición y pretendía que me uniera. Menos mal que era muy tímido y pude manejar la situación.

Pokhara, un pico de los Anapurnas asomándose entre las nubes (lado superior izquierdo)

El tiempo pasaba y aunque el ejercicio de jugar a vislumbrar un pico de los Anapurnas entre las nubes del lago (parecido a buscar a Wally) era fascinante, la atadura de no poder ausentarme más de dos horas seguidas del hotel para no cesar la presión al informático empezaba a deseperarme. Esto unido al hecho de que crecía en mí la preocupación de que mi portátil (y, por tanto ¡mis fotos!) nunca volviera, hizo que tomara una determinación: anuncié a mi joven amigo que al día siguiente partía a Chitwan y que exigiera la devolución del portátil ipso facto y me fuí a pasar las últimas horas junto a mis amigos del restaurante del lago. Volví, ya noche cerrada, para encontrar a mi joven amigo muy sonriente explicándome que mi portátil estaba arreglado y que él, un chófer y yo íbamos a ir a la tienda a buscarlo. Más de las diez de la noche, oscuras y desiertas calles camino al centro no turístico de Pokhara y yo iba sola en un coche con dos nepalíes adultos que no sabía dónde me llevaban (mejor no pensar mucho en ello...). Pero, sí, allí estaba el informático de mirada incierta, que abrió la persiana de su taller y, ¡eureka, el portátil funcionaba! Obviamente, el Dasain le había impedido dedicar tiempo (aunque me hubiera asegurado lo contrario) y solo ante la posibilidad de no cobrar nada (¡¡increíble honestidad, realmente me hubiera devuelto el portátil sin más!!!), había tomado interés en repararlo y realizar la magia de hacer funcionar una placa base destrozada. Grande el pueblo nepalí que me había ayudado a restaurar mi cordón umbilical con occidente. Mis temores habían sido refutados de la mejor de las maneras.

Mirador de Sarangkot en Nepal

Para acabar mi estancia en Pokhara y gracias a la organización de mi joven amigo montañero, dormí unas pocas, muy pocas, horas y acudí a la cita del amanecer en los Anapurnas. Un ritual fascinante en el que cada pico va iluminándose poco a poco mientras se abre el horizonte y las nubes. Un espectáculo, eso sí, amenizado por cientos de personas agolpadas en un mismo montículo, en su mayoría turistas de la vecina y (más) rica India, que coreaban cada avance del sol como si de un gol en un partido de fútbol se tratara (o mejor de un tanto de criquet), añadiendo un toque muy peculiar al conjunto y recordando en que parte del mundo estaba. Mucho sueño, pero gran disfrute para la vista.

Salida del sol sobre los Anapurnas, vista desde Sarangkot cerca de Pokara en Nepal




Luces y sombras de un país pobre de gente encantadora. ¿Has estado en Nepal? ¿Tienes alguna experiencia similar que contarnos?